Escrituras de materia y espacio
La pintura se puede entender como la acción de escribir que emprende el cuerpo, relatos que se van armando con la materia, el color y las formas como testimonio de un cuerpo que los siente y se proyecta con ellos. Esta postura se refleja en el caso particular de esta exposición, en la que el acto de pintar no se remite a la representación de una serie de eventos que ocurren fuera del cuadro, sino que los eventos ocurren en el acto mismo de pintar, potenciando su sentido a partir de los gestos y las tensiones creados a partir de los recursos que brinda la pintura misma, para poder proyectarse hacia el exterior donde encuentran al observador, esperando que él se tome tiempo para confrontarse a las contradicciones de la multiplicidad espacial, gráfica y formal, sin el ánimo de resolver nada, sino al contrario, aceptando que aquello observado es la huella de los mundos posibles que nos acompañan.
Se escribe con todo el cuerpo, no solo con el lenguaje; se deja huella, testimonio de presencia de un ausente que nos lega sentido, nos invita a atender, a interpretar, a reconocer; a formular preguntas y especular respuestas, para el diálogo asumido a modo de experiencia que requiere el esfuerzo de dar forma. Sentir es consentir, el sentido es un acto consentido. Se sabe que el sentido es el resultado voluntario de quienes dejan marca y se desplazan a otro tiempo. Y cuando se consciente atender, es el momento donde el sentido toma forma; el intérprete comienza a dialogar con la voluntad de quien pasó, a la vez que dialoga consigo mismo como respuesta sostenida por el campo de posibles planteado, de manera que es en la aparición del sentido surgiendo de la experiencia colaborativa y creativa del diálogo donde el juego se valida, no en un fin ni en ganancia, no dictando el sentido, no en el sometimiento a la importancia del decir.

























